Amo los días de cambios.
Especialmente aquellos que me permiten dormir más de seis horas.
Empezar cosas nuevas...
Desechar el estrés, dar por acabado un período y empezar uno nuevo...
Por lo general, aquellos que te dan tiempo para decir cinco palabras que te acaban cambiando el día.
En los días de cambio, uno coje los pinceles y la paleta de colores.
Cambia los azules por verdes y redibuja figuras que empezaban a estar algo fijadas.
Claro; nunca está de más recomenzar el cuadro.
Ahora queda totalmente increíblemente más bonito.
Como que más luminoso.
Total; caminata para recordar cuánto hacía que no me comía un gofre,
sitio de siempre, misma vista, pero en lugar de pensamientos tristes... cosas buenas.
Más caminata... paseo... "esta iglesia no me gusta"
"Llévame ahí".
Creo que empiezo a entender por qué al cambiar súbitamente de dirección, a veces cuesta seguirme.
Más camino y un poco más perdido.
Ejercicio de callarme y escuchar...
¡De veras! Sé que puede costar creerlo, pues hablo todo el rato... pero ayer... no.
Un poquito más de vuelta... y en mi barrio favorito había un sofá vacío.
Una cervecita y temas de conversación varios...
Incluidos aquellos de los que sólo suelo hablar los días de fiesta.
Y aunque llegara un punto en que estuviera cansado - tan sólo físicamente -...
Activación repentina: "No no no... mi objetivo es que a los ochenta, aún te acuerdes de mí".
"Además... estas manos, tienen referencias".
Será de tanto instrumento...
Y paseíto más y a casa.
"Buenas noches... y gracias".
Tal vez los martes no tienen por qué ser odiables.
Tal vez tenga que ver con lo de llegar a casa con una... admitámoslo, estúpida sonrisa.
Tal vez no soy tan idiota como pensaba.
Cien por cien amable.
Sea como sea, tengo una responsable directa,
que en mi casa ya tiene nombre adjudicado,
y un post-it en la puerta de Matt;
que es donde van apuntadas todas las cosas interesantes.

.--