Otra vez más escribiendo cuando debería estar durmiendo.
Qué semana tan extraña... me hace pensar...
¿será este el statu quo que me corresponde?
Espero que no; no me gusta.
Paso horas encerrado en mi habitación o tirado en la cama, sin ganas de hacer nada,
descubriendo que las ilusiones son frágiles cual cristales de bohemia.
Y ese estallido de frecuencias que se produce cuando chocan contra el suelo...
No sé... se me hace extraño,
que entre los sueños de deseos ya pasados...
No me explico.
Los que leyeron en su día esa introspección que escribí en agosto recordarán cómo dije que mi mayor habilidad era perder la cabeza.
Esta vez, no creía haberla perdido, y sin embargo...
Se mueren las ilusiones, nos estampan las verdades en la cara,
nos dejan caer desde lo más alto... y yo, ¿qué veo?
Sólo nubes grises, sólo un querer romper con todo y escaparme con eso que hace que pierda la cabeza.
No lo quiero. No quiero perder la cabeza.
Me pertenece, es mía, y ella sin quererlo me la roba una y otra vez.
Y eso es todo lo que sé,
que vuelo entre las nubes, que encuentro paz si me confundo,
que encuentro fe cuando estoy decepcionado... pero no en mí,
si no en... ella.
Y no me gusta.
Porque siempre he preferido volar solo, y con esto...
Es como si se me cayeran las plumas de las alas,
y al ver nubarrones grises, cierro los ojos y me imagino abrazado a ella.
Qué triste; qué vulnerable.
Yo que una vez fui una roca...
Ya se ve, siempre hay algo en el camino.